viernes, 29 de mayo de 2015

Cita de la Semana



"Todo hombre tiene su precio, solo hace falta saber cual es."

Frase de: Joseph Fouché, 1er. Duque de Otranto (1759-1820), Ministro de la Policía.

jueves, 28 de mayo de 2015

CURIOSIDADES -183-

"¿Cuánto pesan 300 millones?"



Cada vez que la Reina Elizabeth II de Gran-Bretaña e Irlanda del Norte acude a la sede del Parlamento Británico, en Westminster, para dar su discurso de "apertura" en la Cámara de los Lores, la soberana atraviesa Londres (desde Buckingham hasta Westminster) con toda la pompa y ceremonia que exige tal evento desde que se estipuló en el año 1536: a bordo de la carroza de oro y escoltada por la Guardia Real, engalanada con sus mejores joyas. Una vez llegada al palacio de Westminster, Elizabeth II cambia su diadema de 1.330 diamantes y 180 perlas (heredada de la Reina Victoria), por la corona imperial estatal cuajada de 2.868 diamantes, 273 perlas, 17 zafiros, 11 esmeraldas y 5 rubíes, con sus 31,5 cms. de altura y su peso de 1 kgr. En tan solo este quilogramo de peso se concentran, entre piedras preciosas y el armazón de oro, la friolera suma de 300 millones de euros.

 

sábado, 23 de mayo de 2015

CURIOSIDADES -182-

"Cabellera Imperial"



La que fue Duquesa Elisabeth en Baviera (1837-1898), desdichada consorte del Emperador Francisco-José I de Austria y más conocida como "Sissí", poseía una fabulosa cabellera castaña que le llegaba hasta los tobillos. Esa impresionante cabellera demandaba, sin embargo, unos cuidados poco comunes. Lavados una vez al mes (cada 3 semanas), los cabellos de la emperatriz eran responsabilidad exclusiva de su peluquera Fanny Angerer, que también ejercía su oficio en el Teatro Imperial de Viena. Levantada a las 5 de la mañana, Sissí se sometía al ritual diario de su baño en agua fría (para conservar su lozanía) que combinaba también con baños en litros de aceite de oliva templado para darle suavidad a su piel. Una vez limpia, y ante su tocador y en bata, entraba su peluquera para peinar su abundante cabellera, un trabajo que requería hasta 2 horas diarias. Cuando tocaba lavarlos, la peluquera le aplicaba una mascarilla hecha a base de huevo y coñac, y debía permanecer con ésta durante todo el día hasta el aclarado final. Ese día, la emperatriz no tenía agenda y no abandonaba sus aposentos para dedicarlo exclusivamente a sus cuidados.

Otra curiosidad sobre la reina-emperatriz, aparte de su anorexia y su obsesión por estar delgada, es su extrema coquetería a la hora de abordar su imagen. Tras cumplir los 30 años de edad, prohibió tajantemente que se le hicieran fotografías; no deseaba que la posteridad la recordase envejecida sino eternamente joven y bella. Después de los treinta, Sissí no salía al exterior de sus residencias de otro modo que con la cara cubierta por un velo o tapándola parcialmente con su abanico.

viernes, 22 de mayo de 2015

Cita de la Semana



"Si restáramos del patriotismo de la mayoría de los hombres el odio y el desprecio que sienten por las otras naciones, quedaría muy poca cosa."

Frase de: François Gaston de Lévis, 1er. Duque de Lévis, Mariscal de Francia (1720-1787).

jueves, 21 de mayo de 2015

CURIOSIDADES -181-

"Madame Lucifer"



Francisca María de Borbón, más conocida como Mademoiselle de Blois (1677-1749), hija legitimada del rey Luis XIV y de la Marquesa de Montespan, era grande, majestuosa, pese a un pequeño defecto de caderas. Tenía el cutis fresco, un busto perfecto, cabellos castaños, escasas cejas, dientes largos y mejillas caídas que llevaron a decir a Madame la Princesa Palatina, su suegra, la siguiente observación en el curso de la boda: "El rostro de mi nuera se parece como dos gotas de agua a un culo."

Sus mejillas llegaron incluso a inspirar una cancioncilla burlona escrita por su propia hermana, la Duquesa de Borbón:

"¡Bella princesa!
Dónde las otras tienen narices
¿Por qué vos ponéis las nalgas?
¡Bella princesa!"

Ingeniosa y un tanto cínica, la entonces futura Duquesa de Chartres declaró poco antes de su boda con Felipe II de Orléans: "¡Poco me importa que él me quiera mientras se case conmigo!"

Sujeta a frecuentes ataques de cólera o de mal humor que acababan muy a menudo en migrañas (verdaderas o fingidas), dotada de un orgullo desmesurado, justamente apodada por su marido "Madame Lucifer", no toleraba que le recordasen que era la hija de la Marquesa de Montespan: "Era nacida de Luis XIV y eso era todo, como Minerva de Júpiter" recordaba el Duque de Saint-Simon en sus memorias y añadiendo que "...era Infanta de Francia hasta sentada en su silla oradada".
De hecho, detestaba a su madre porque ésta, tan hermosa en su juventud, nunca le perdonó que naciera tan fea, y se valía de su partida de nacimiento en la que tan solo figuraba como padre el rey para relegarla a las tinieblas del olvido*.

Su ociosa vida no era otra que la de una permanente perezosa, por lo que la princesa vivía habitualmente encerrada en su alcoba tumbada en un canapé y rodeada por sus damas de honor que, sea dicho de paso, eran auténticos cardos borriqueros. Su suegra lo atestigua en una de sus numerosas cartas: "Se ha hecho fabricar un canapé sobre el cual permanece tumbada cuando juega al lansquenet (...) juega tumbada, come tumbada, casi toda su vida la pasa tumbada."

Felipe II de Orléans, que siempre observó un exquisito comportamiento hacia ella, le rendía visita a diario. Si desde su canapé tapizado de blanco y oro fruncía el cejo (lo que solía pasar con frecuencia), él se inclinaba y abandonada sus aposentos. Cuando el humor de "Madame Lucifer" mejoraba, el duque se quedaba a su lado y se permitía bromear sobre sus defectos, bromas a las que ella respondía alegremente con otras sobre él. Nunca se atormentó ni sintió celos por las innumerables infidelidades del Duque de Orléans que, por otro lado, le hizo nada menos que ocho hijos para cumplir con su deber de esposo.

(*)_Teniendo en cuenta que la Marquesa de Montespan era una mujer casada y que había tenido hijos adulterinos con Luis XIV, no podía figurar en ningún caso como la madre en las partidas de nacimiento de sus bastardos.

domingo, 17 de mayo de 2015

Anécdotas Históricas -272-



En 1695, la linajuda Condesa de Grignan, hija de la célebre Marquesa de Sévigné, casaba a su primogénito, Louis-Provence de Castellane d'Adhémar de Monteil, Marqués de Grignan, con la hija de un intendente de provincias, de nobleza de nuevo cuño pero muy rico: Anne-Marguerite de Saint-Amand. Como en otras grandes familias de la aristocracia de entonces, se trataba de un matrimonio por interés puramente económico entre el heredero de un nobilísimo pero arruinado linaje y una hija de la alta burguesía recientemente incorporada a esa nueva nobleza gracias a su dinero.

Para disculparse ante la alta sociedad de semejante alianza desigual, dado que los Grignan eran de muy rancio abolengo, y según el testimonio del Duque de Saint-Simon, la condesa presentó entonces ante sus conocidos a su insignificante nuera de abultada dote del siguiente modo:

-"Verán ustedes: hace falta estiércol sobre las mejores tierras." 

Anécdota de: Françoise-Marguerite de Sévigné, Condesa de Grignan (1648-1705).

viernes, 15 de mayo de 2015

Cita de la Semana



"La mayoría de hombres son idiotas. Esto también es sabido."

Frase de: San Agustín, Obispo de Hipona (354-430), doctor de la Iglesia Católica.

jueves, 14 de mayo de 2015

CURIOSIDADES -180-



"Sangre Real en Downing Street"

El actual Primer Ministro del Reino Unido de Gran-Bretaña, el Muy Honorable Mr. David Cameron (n.1966), que acaba de ganar por segunda vez las elecciones, resulta ser un primo lejano de la Reina Elizabeth II. Ambos comparten a un mismo antepasado real: el rey Jorge III (1738-1820).



David Cameron es, en su caso y gracias a las mujeres, un descendiente del rey Guillermo IV (1765-1837), que reinó entre 1830 y 1837 sucediendo a su hermano mayor y predecesor Jorge IV y precediendo a su sobrina carnal la reina Victoria I, tatarabuela de Elizabeth II.

 
Retrato de Guillermo IV, Rey de Gran-Bretaña e Irlanda, Rey de Hannover entre 1830 y 1837. / Abajo, retrato de la actriz Dorothea Bland, alias Mrs. Jordan, amante del entonces Duque de Clarence.
 
 


Guillermo IV, entonces príncipe real y 4º en el orden sucesorio con el título de duque de Clarence y de St.-Andrews en vida de su padre el rey Jorge III, mantuvo una larga relación con la famosa actriz Dorothea Bland (1761-1816), de la que nacerían nada menos que una decena de hijos ilegítimos, entre ellos una hija bautizada como Lady Elizabeth FitzClarence (1801-1856), más tarde convenientemente casada con un lord de ilustre linaje: William George Hay, Conde de Erroll (1801-1846). Cinco generaciones más tarde y siempre a través de las mujeres, nació en 1966 David Cameron, nieto en séptimo grado de Jorge III.

viernes, 8 de mayo de 2015

Cita de la Semana



"El que es elegido príncipe con el favor popular, debe conservar al pueblo como amigo."

Frase de: Niccolò di Bernardo dei Machiavelli aka Niccolò Machiavelli (1469-1527), diplomático, filósofo político y escritor.

martes, 5 de mayo de 2015

CURIOSIDADES -179-



"Sentido de Familia"

El Príncipe Honorato III de Mónaco, también Duque de Valentinois con Paridad Francesa (1720-1795) fue considerado como un miembro más de la familia real francesa al ser el biznieto del rey Luis XIV, igual que su primo el rey Luis XV. En lugar de residir habitualmente en su principado, vivió la mayor parte de su vida en Versailles y en París, disfrutando de los honores debidos a un pariente del monarca. Tanto es así que, para recalcar su pertenencia a la 'gloriosa' dinastía Capetiana, promulgó una Ley Sucesoria en la que, si viniera a extinguirse el linaje de los Grimaldi, la corona monegasca sería naturalmente heredada por el rey de Francia, cosa que nunca llegó a suceder. En cualquier caso, su esposa Maria-Caterina de Brignole-Sale, le abandonó para vivir en concubinato con otro primo suyo, el Príncipe Luis V José de Condé, jefe de una rama secundaria de la Casa de Borbón. Una vez viuda en 1795, pudo contraer matrimonio con su amante.

sábado, 2 de mayo de 2015

Cita de la Semana



"El hombre que no tiene otra cosa de que vanagloriarse sino de sus ilustres antepasados, es como la patata, que lo único bueno que tiene está bajo tierra."

Frase de: Sir Thomas Overbury (1581-1613), poeta y escritor.

martes, 28 de abril de 2015

WU ZETIAN, la mujer-Emperador

De Concubina Imperial a Emperador de China
 
 
Estamos en el año 637 d.C., en pleno periodo Tang de la China imperial. El emperador de entonces es Taizong "El Grande" quien ha enriquecido su harén de concubinas con una "perla" de apenas 12 años, la pequeña Wu Zetian (625-705), que a todos encanta. Se convierte prontamente en la favorita de Taizong y suscita los celos del hijo primogénito del emperador, el Príncipe Gaozong. Su "reinado" en la cama imperial será, sin embargo, de corta duración: el emperador estira la pata en julio de 649, y Wu es desterrada a un monasterio.

Por un curioso hazar, el nuevo emperador Gaozong irá a visitarla y caerá a su vez prendado de la bella Wu. Ésta cede a sus avances y se queda encinta. Cuando la noticia llega a oídos del emperador, Wu es inmediatamente traída de vuelta a la corte. La emperatriz cornuda no ve en ello ningún inconveniente: a todas luces es estéril y prima la idea de dar un heredero al imperio chino; también porque el harén es un hervidero de intrigas donde las demás concubinas imperiales traman constantemente "destronarla" y, Wu, precedida por su fama de mujer dócil, inofensiva y amable, suscita su simpatía. De hecho, toda la corte cree que Wu es tan piadosa como dulce.

El nacimiento, tan esperado, del fruto de su idilio con el emperador (una niña bastarda) la lleva al desespero hasta el momento en que toma conciencia del gran potencial que le ofrece su hija.

Justo después de una visita de la emperatriz, Wu estrangula a su hija y, interpretando a la perfección el papel de madre destrozada por el dolor, deja que sus sirvientas acusen (para salvar sus cabecitas) a la imperial visitante. El emperador, indignado, destierra a la emperatriz asesina y la sustituye por Wu pero, preso de remordimientos, Gaozong toma la decisión de ir a visitar a su ex-primera esposa para aclarar el asunto. Enterada la nueva emperatriz, manda a sus esbirros que se hagan con su rival y predecesora, le amputen pies y manos antes de ahogarla en un barril de vinagre. Empieza entonces su sanguinolento reinado de terror: cualquier disidente, cualquier rival es enviado al otro mundo; su marido el emperador Gaozong será envenenado, su familia política asesinada, su favorito suprimido, los consejeros imperiales decapitados y sus mujeres e hijas vendidas como esclavas.

Habida cuenta que los dos hijos mayores del difunto emperador habían sido liquidados por su insolencia hacia la emperatriz viuda, será el tercer hijo quien heredará el imperio y sustituirá a Gaozong. No tardará en ser depuesto, víctima de una conspiración palatina urdida por la propia Wu, su madre. Y, sin reír, ella misma manda proclamar públicamente que es un hombre "según el Espíritu Celeste" y toma, ni corta ni perezosa, el título de emperador. Lo nunca visto en toda la historia de China.

Que Wu se haya proclamado "Emperador", no le impide conformar un harén masculino para su exclusivo uso y disfrute. En él, solo entran los machos más apuestos y mejor dotados del imperio. Pero dicho harén no pareció contentarla suficientemente ya que, según se cuenta, le complacía enormemente que le practicasen el cunilingus los extranjeros venidos en visita oficial a la corte china. Taoísta, creía firmemente en la virtud de los intercambios de fluídos sexuales.

Amén de su temible apetito sexual, Wu tuvo una ambición sin medidas. Puesto que el título de emperador no le era suficiente (y eso que fue la única mujer en llevar dicho título en toda la historia de China), pone fin a la dinastía Tang en el año 690, y crea la suya: la dinastía Zhou. Para asegurar su supervivencia, nombra heredero y perpetuador de su dinastía a su hijo Zhongzong, al que no mandará asesinar como al resto de sus familiares, con la esperanza de que éste recogerá el testigo materno.

Dado su comportamiento de auténtica tirana, cosa que no impide que se convierta en la soberana china más popular de la historia, pronto se trama en la corte una conspiración que no tiene otro objetivo que poner al heredero Zhongzong en el trono celestial. El complot resulta todo un éxito: la noche del 22 de febrero de 705, tras hacerse con la guardia de palacio y degollar a todos sus favoritos, los conspiradores obligan a la vieja soberana a ceder la corona a su hijo. Secuestrada, sus enemigos le afeitan la cabeza y la encierran en el mismo monasterio donde, en su juventud, había sido internada. Pocos meses después, Wu fallecía a la edad de 83 años.

Lo más sorprendente de esta historia es que fue una emperatriz adorada por sus súbditos, sobretodo por su pueblo, interpretando el papel de gran devota. Es ella quien mandó realizar una soberbia escultura de Buda para las grutas de Longmen (hoy patrimonio de la UNESCO), organizando numerosos peregrinajes. Su reinado supone una época de gran estabilidad y modernización para el imperio. Instaura la libertad de culto, la sanidad pública, promueve la investigación médica, establece una gran red de centros de enseñanza que admiten a las mujeres, reduce los impuestos, reparte tierras a granjeros, desmobiliza el ejército abogando por la negociación diplomática, reglamenta el acceso para cualquier cargo público y conforma una corte de intelectuales y eruditos. Llega incluso a mejorar el estatus de las mujeres de su imperio y escribe, para ello, un libro sobre "la conducta a llevar por las mujeres en sus hogares", en el que alaba la dulzura, la humildad y la total sumisión que las esposas deben observar con sus maridos. Fue, desde luego, todo lo contrario de lo que ella hizo y practicó en vida.

sábado, 25 de abril de 2015

MARÍA-AMALIA DE SAJONIA, REINA DE LAS ESPAÑAS


MARÍA AMALIA DE SAJONIA
REINA DE NÁPOLES Y DE SICILIA
REINA DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS
1724 - 1760
 
 

María Amalia de Sajonia (Dresde, 1724-Madrid, 1760), esposa del rey Carlos III era la tercera hija de Federico Augusto II, rey de Polonia (con el nombre de Augusto III), y de la Archiduquesa María Josefa de Austria. María Amalia fue desde pequeña alejada del ambiente de inmoralidad que reinaba en Dresde, su ciudad natal, y educada en un ambiente más serio y religioso, siguiendo el estricto protocolo de la Casa de Austria, de la que descendía su madre.

 
Retrato del Elector Federico-Augusto II de Sajonia, Rey Augusto III de Polonia (1696-1763); obra de Louis de Silvestre.
 
 
Retrato de la Archiduquesa María-Josefa de Austria, Electriz de Sajonia, Reina consorte de Polonia (1699-1757); obra de Louis de Silvestre.
 

Según cuentan las crónicas, la reina María Amalia de Sajonia fue criada en un ambiente muy culto. Debido a esto fue educada desde niña en dos idiomas, el alemán, su idioma materno, y además el francés. Igualmente se le inculcaron desde niña virtudes tales como la autodisciplina y el sentido del deber. Virtudes que luego en su matrimonio le serían muy útiles debido a su numerosos deberes como reina, y a su numerosa familia.

Según las crónicas de la época, lograr el parentesco con los Austrias fue el motivo principal que llevó a Felipe V y a su segunda esposa Isabel de Farnesio, a concertar el matrimonio de su primogénito Carlos con la nieta del emperador alemán José I. Así con el matrimonio del infante Carlos, y la joven princesa María Amalia de Sajonia se lograba reconciliar a la Corte española con la Casa de Austria tras los enfrentamientos en la Guerra de Sucesión, que tuvieron como principal consecuencia la llegada de la Casa Borbón a España.

En 1732, con dieciséis años, Carlos (Madrid, 1716- Madrid, 1788) primogénito de Felipe V y su segunda esposa, la italiana Isabel de Farnesio, consiguió el ducado de Parma tras la muerte de su tío el duque Antonio Farnesio sin descendencia. En el Tratado de Viena cambió el ducado por la Corona de Nápoles y Sicilia. Los napolitanos lograron así por vez primera en los últimos siglos un rey residente en Nápoles, que además era hijo del rey de España y de una noble italiana.

 
Retrato de la Princesa Electriz María-Amalia de Sajonia, Princesa Real de Polonia (1724-1760), vestida "a la Polaca", según Louis de Silvestre en 1738.
 
 
Retrato de Carlos VII de Borbón y Farnese, Infante de España, Duque de Parma y luego Rey de Nápoles y de Sicilia (1716-1788); obra de El Molinaretto.
 

Cuentan las crónicas que, cuando el joven rey Carlos VII de Nápoles, y la joven princesa alemana María Amalia de Sajonia se conocieron sintieron un flechazo instantáneo. Es por ello que cumplieron gozosa y rápidamente con el compromiso matrimonial que sus respectivos padres habían acordado. En la historia de los matrimonios concertados raramente sucedían estos flechazos.

Carlos VII de Nápoles y la princesa alemana María Amalia de Sajonia se casaron en Gaeta, localidad próxima a Nápoles, el 19 de junio de 1738. El tenía veintidós años, y ella tan solo catorce. Pese a su juventud, la alta, rubia, robusta y piadosa María Amalia consiguió conectar rápidamente con su esposo. Ambos compartían una formación religiosa y moral sólida, el aprecio por los placeres familiares y el desdén por el boato y el protocolo.



Conocedora la reina María Amalia de Sajonia de la importancia de su matrimonio con Carlos VII de Nápoles, que la hacia emparentar nada menos que con la reconocida monarquía española, consideró que debía mantener buenas relaciones con sus suegros, los reyes Felipe V e Isabel de Farnesio. Es por esto que estableció con los monarcas españoles una nutrida y afable correspondencia en la que narraba todos los acontecimientos familiares de la corte napolitana que servía a la vez para mantener informada de todo a su suegra.


Las crónicas de la época comentan con regocijo como en los primeros meses de matrimonio los reyes de Nápoles, Carlos VII y María Amalia tuvieron que utilizar el francés para comunicarse ya que era la única lengua que ambos conocían. María Amalia no hablaba ni español ni italiano, y Carlos no hablaba alemán. Esto fue así hasta que María Amalia aprendió el italiano, idioma de su nuevo hogar.

Podemos comprobar, si consultamos la correspondencia entre la reina de Nápoles María Amalia de Sajonia (Dresde, 1724-Madrid, 1760) y sus suegros los reyes de España Felipe V e Isabel de Farnesio, conservada en el Archivo Histórico Nacional. Que todas las cartas están escritas en francés, ya que María Amalia no conocía el español. Además podemos comprobar también como María Amalia firmaba siempre como Amélie.

Desde niña a la reina María Amalia de Sajonia le había sido inculcado, por sus damas de compañía, el gusto por la decoración, los elegantes tapices y los bellos muebles. Además, María Amalia había vivido en palacios decorados con las porcelanas de Meissen, originarias de Sajonia, y tan de moda durante el siglo XVIII. Es por esto que disfrutó tanto en los palacios de Nápoles, que habían sido decorados por Carlos con muebles, cuadros y distintos ornamentos traídos de la ciudad de Parma, su antiguo ducado.
 María Amalia de Sajonia, fue reina de Nápoles durante diecinueve años, y reina de las Españas durante apenas dos. Pese a esta diferencia de tiempo, y como su marido Carlos III fue una reina muy amada tanto por los napolitanos como por los españoles, ya que ambos, como monarcas realizaron grandes obras tendentes a la modernización primero de Nápoles y a partir de 1759 de España.


De los trece hijos que tuvieron los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III, siete de ellos fueron niñas y los seis restantes, niños: Isabel (1740-1742), Mª Josefa Antonia (1742), María Isabel (1743-1749), Mª Josefa Carmela (1744-1801), Mª Luisa (1745-1792), Felipe (1747-1767), Carlos Antonio (1748-1819), Mª Teresa (1749-1750), Fernando (1751-1825), Gabriel (1752-1788), Mª Antonieta (1754-1755), Antonio Pascual (1755-1817) y Francisco Javier (1757-1771). Pero no todos llegaron a la vida adulta, falleciendo cinco de ellos cuando todavía residían en Nápoles, cinco de las niñas.

 
Retrato de los Infantes Carlos Antonio y Gabriel de Borbón.


Las cinco hijas de los reyes de Nápoles María Amalia de Sajonia y Carlos III, fallecidas en Nápoles, las tres primeras: Isabel (1740-1742), Mª Josefa Antonia (1742) y María Isabel (1743-1749); la octava, Mª Teresa (1749-1750), y la undécima, Mª Antonieta (1754-1755), están enterradas en la iglesia de Santa Clara de Nápoles. Esto es así debido a que su padres fueron nombrados reyes de España en 1759, después de sus fallecimientos.


María Amalia de Sajonia fue una mujer muy fecunda, ya que tuvo hasta trece hijos con el rey Carlos III. La única pena es que pasaron años y niños hasta que le dio un heredero varón a Carlos. Primero llegaron cinco niñas. Por fin, llegó un varón, Felipe, que resultó retrasado mental. Y luego otros dos varones: el futuro Carlos IV y Fernando, luego rey de Nápoles. Cumplidas las obligaciones dinásticas y ya con ocho hijos, tuvieron más descendencia, hasta trece.

Según recogen las crónicas, después de tantos alumbramientos, la reina María Amalia de Sajonia había perdido parte de la dentadura y la lozanía. Además, parece ser que la sucesiva llegada de cinco niñas hasta el ansiado heredero, junto con la muerte de tres de ellas, le habría provocado cierta frustración y le había estropeado el carácter hasta el extremo de mostrarse colérica con todo el mundo excepto eso si, con su marido, el rey Carlos III, al que adoraba.

Podemos leer en distintas crónicas como la reina María Amalia de Sajonia había adquirido, para calmar sus estados de nerviosismo, el hábito de fumar grandes cigarros habanos, gustándole además los de sabor más fuerte. Los cigarros habanos se los hacía enviar a Nápoles, desde Madrid, por sus suegros, los reyes Felipe V e Isabel de Farnesio.

Parece ser que la reina María Amalia no fue nunca una mujer excesivamente coqueta. Se sabe que tenía una modista en Viena que le confeccionaba los vestidos de etiqueta. Y otra en Nápoles que le hacia los trajes de diario y la ropa interior. Esta última al parecer no era muy abundante debido a la costumbre de la época de cambiarse nada más que una vez al mes.



La reina María Amalia, esposa de Carlos III, fue una mujer de gran cultura, y que colaboró activamente con su esposo en el gobierno de Nápoles. Además ambos tenían gustos parecidos, disfrutaban de la vida en el campo, la caza, la pesca... todo en familia. Cuentan algunos embajadores que la reina María Amalia acompañaba a su esposo Carlos III a todas partes, excepto eso si, a las expediciones bélicas.


La vida napolitana, amable y sosegada de los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III se fue a pique cuando, Fernando VI falleció sin descendencia, y ellos se convirtieron en los nuevos reyes de España y tuvieron que venirse a Madrid. Así pues en 1759, María Amalia acompaña a su marido a España, país del que desconoce la lengua y las costumbres, y del que solo tiene superficiales referencias.

El momento de la partida de la familia real de Carlos III y María Amalia de Sajonia en 1759 con destino a España fue triste tanto para ellos como para todo el pueblo napolitano. Este momento lo recoge el cuadro de Joli que podemos disfrutar en el Museo del Prado. Podemos observar el desconsuelo de los napolitanos al despedir a la primera familia real que tenían desde hacia siglos, y a la que tanto le debían ya que ante todo habían sido buenos gobernantes que se habían preocupado por el bienestar del pueblo.

Los reyes Carlos III y María Amalia de Sajonia desembarcaron en España en 1759, tras dejar a sus hijos Felipe y Fernando en Nápoles. Les acompañaban en cambio, sus otros seis hijos supervivientes: el príncipe Carlos, las infantas María Josefa Carmela y María Luisa, y los infantes Gabriel, Antonio Pascual y Francisco Javier. Junto con la servidumbre viajaban también un papagayo, dos monos, varios perros, muchas cajas de habanos y, naturalmente, un belén.

Se puede leer en diversas crónicas cortesanas como la familia compuesta por María Amalia de Sajonia, Carlos III y sus hijos venidos de Nápoles eran grande amantes de la vida al aire libre y de los animales. Hasta tal punto llegaba ese amor a los animales que parece ser que permitían que, los animales que habían traído de Nápoles a saber: un papagayo, dos monos titíes y varios perros anduvieran libres por los salones de los palacios.

Recogen las crónicas que cuando Carlos III aceptó la corona de España, hubo de firmar un documento que excluía a su hijo primogénito, Felipe, de la sucesión al trono de Nápoles, debido a su probada incapacidad para gobernar a causa de su falta de razón. Fue nombrado heredero del trono de Nápoles y Sicilia su tercer hijo, Fernando (Nápoles, 1751-Nápoles, 1825, de tan solo ocho años de edad.

Tanto le gustaban a los monarcas napolitanos María Amalia de Sajonia y Carlos VII, las porcelanas que, en 1743 fundaron en Capodimonte, Nápoles, una fábrica de porcelanas a imitación de la fábrica de porcelanas de Meissen. En 1759, cuando hubieron de hacerse cargo del trono de España, sus instalaciones fueron trasladadas al palacio del Buen Retiro de Madrid.

Tras grandes recibimientos en Barcelona y Zaragoza, el 11 de septiembre de 1759 llegaron a Madrid los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III. Fueron recibidos por toda la Corte, y especialmente por la reina madre Isabel de Farnesio, quien había actuado de regente durante cuatro meses. La nueva familia real fijó su residencia en el Palacio de El Buen Retiro, debido a que las obras del Palacio Real, que estaba siendo levantado en el solar del incendiado Alcázar, aún no habían concluido.

Tras la llegada de los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III a Madrid en 1759, el segundo de sus hijos varones, Carlos (Portici, 1748-Roma, 1819), fue jurado Príncipe de Asturias como futuro heredero del trono español. Gobernando España posteriormente con el nombre de Carlos IV.

Cuando en 1759 los reyes Carlos III y María Amalia de Sajonia llegaron a Madrid el genio de la reina estaba más avivado que nunca, hasta el extremo de que sólo se amansaba en presencia de su marido, el rey. El trato con su suegra Isabel de Farnesio resultó un calvario, pese al buen trato que por carta se habían demostrado, pero como con las mujeres de sus hijastros Luis I y Fernando VI, empezó a entrometerse en el gobierno de la corte, cosa que, Amalia acostumbrada a dirigir su hogar no vio con buenos ojos. Evidentemente las discusiones debieron desarrollarse en italiano o en francés, ya que Amalia desconocía el español.

Según cuentan diversas crónicas cortesanas, la hostilidad existente entre la reina María Amalia de
Sajonia y su suegra la reina Isabel de Farnesio era debida, además de al carácter dominante de Isabel, a las numerosas obligaciones que esta le imponía a su nuera. Entre ellas estaba la que obligaba a Amalia a visitar a su suegra durante al menos dos horas, y todos los días. Otra le impedía abrir las puertas de los balcones de los palacios, aunque estuvieran en verano.

Recogen las crónicas de la época, que hasta tal punto había empeorado el carácter de María Amalia de Sajonia cuando en 1759 vino a España con su esposo el rey Carlos III, que este, para tranquilizarla organizaba un gran número de cacerías por los bosques cercanos a Madrid, sobre todo los de La Zarzuela y El Pardo. Al parecer, esta afición calmaba visiblemente los decaídos ánimos de la reina, que añoraba mucho su vida en Nápoles.

El principal obstáculo que tuvo la reina española María Amalia de Sajonia cuando en 1759 se instaló con su esposo Carlos III en Madrid fue el del idioma. Ella desde su infancia hablaba alemán y francés, y tras convertirse en reina de Nápoles aprendió italiano. Cuando se convirtió en reina de España en un principio decidió hablar francés con todos los cortesanos, reservando el italiano para comunicarse con su marido, hijos y suegra.

Varios factores se unieron para amargarle a la reina María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, su primera Nochebuena en España, y que tristemente resultó también la última. Además del desconocimiento del idioma, estaban el feroz invierno madrileño, los fríos aposentos del Palacio del Buen Retiro y la insalubre capital de España, que le pareció horrible en todos los aspectos. Sin olvidar que la salud de la reina había empeorado visiblemente como consecuencia sobre todo del clima, mucho más frío que el de Nápoles.



Parece ser que algunos cronistas de la época atribuyen a la reina María Amalia de Sajonia la frase: "...para acostumbrarme a este país creo que no me bastaría toda mi vida..." refiriéndose a España, país en el que tan solo pudo residir un año. Al parecer Madrid, la ciudad donde residió le causó a la reina una desagradable impresión, posiblemente por su falta de urbanismo y sobre todo por su insalubridad.

Según recogen las crónicas de la época, lo único que le gustó de verdad a la reina María Amalia de Sajonia de España fue el Monasterio de El Escorial. Hasta tal punto le agradó y cautivó el lugar que dejó escrito en su testamento que deseba ser enterrada en el Panteón Real del monasterio, y con el hábito de carmelita.

Resulta curioso que una reina de España no hable ni aprenda a hablar español. Esto sucedió con la esposa del rey Carlos III, quien no llegó a hablar castellano debido a la corta duración de su reinado, que apenas duró dos años. Tan solo uno de los cuales vivió en España, y más concretamente en Madrid.

María Amalia de Sajonia, durante su breve reinado introdujo ciertos cambios en el protocolo de palacio. Entre ellos el más conocido fue el de instalar un Belén en el palacio durante la Navidad. Las figuras que componían el nacimiento, y que los reyes habían traído de Nápoles se conservan hoy en día en el Palacio Real. María Amalia se sorprendió por el éxito que su belén había tenido entre los madrileños, inmediatamente imitado por todas las clases sociales.

Parece ser que al igual que a los reyes Isabel de Farnesio y Felipe V, a la mujer de su hijo Carlos III, la reina María Amalia de Sajonia tampoco le gustó nada la fiesta nacional española, los toros. Esto era debido a que María Amalia siempre había tenido un gran amor por los animales, y las corridas de toros le parecieron un espectáculo muy cruel, sobre todo para los toros.

 
Retrato del Infante Carlos Antonio de Borbón, Príncipe de Asturias (1748-1819); obra de A.R. Mengs. / Abajo, retrato de Fernando IV, Rey de Nápoles y de Sicilia (1751-1825)
 
 

La reina española María Amalia de Sajonia tuvo entre sus hijos a dos reyes y a una emperatriz. El segundo de sus hijos varones, Carlos Antonio llegó a ser rey de España como Carlos IV; Fernando (1751-1825), tercero de sus cinco hijos varones llegaría a ser rey de Nápoles y de Sicilia con el nombre de Fernando IV. Y su hija María Luisa (1745-1792), tras su matrimonio con Leopoldo II de Austria-Lorena se convirtió en la emperatriz de Alemania, después de ser gran duquesa de Toscana.



El duodécimo de los hijos de los reyes de España Carlos III y María Amalia de Sajonia, el infante Antonio Pascual de Borbón (1755-1817), sería quien, en 1808, asumiría la presidencia de la Junta Suprema encargada del gobierno de España tras la marcha de Fernando VII a Bayona como consecuencia de la llegada de las tropas francesas de Napoleón Bonaparte.

Parece ser que mientras la reina María Amalia de Sajonia iba poniendo las hermosas figuras del belén, que había traído de Nápoles, su esposo el rey Carlos III, preocupado por su deteriorada salud, le hablaba de edificar una fábrica de porcelana en el Buen Retiro, adecentar y modernizar las calles de Madrid, terminar el Palacio Real y los jardines y hacer otras muchas mejoras que España necesitaba. Todo con la intención de que la reina olvidase la tuberculosis que minaba su salud.



Pocos meses después de que Carlos III ocupara el trono, el veintisiete de septiembre de 1760 murió la reina, con los pulmones demasiado débiles por el tabaco, y de tuberculosis. Su esposo Carlos III confesó: "En veintidós años de feliz matrimonio, este es el primer disgusto serio que me da Amalia."


Carlos III, que había estado muy enamorado de María Amalia no volvió a contraer matrimonio.

Tras la muerte de su esposa María Amalia de Sajonia, el rey Carlos III nunca volvió a casarse, pero cumplió todas las promesas que le había hecho a ella. Madrid fue otro. Y las navidades españolas, también. Los artesanos levantinos rivalizaron con los italianos en la creación de figuras para el belén y años después, en Barcelona, se hicieron moldes de yeso para el nacimiento, baratos y populares. En Madrid, hasta los más pobres se acostumbraron a comprar figuras de arcilla cocida en los puestos de la Plaza Mayor. Tradición ésta que continua hasta nuestros días.

 


Cita de la Semana



"No es tan culpable el que desconoce un deber como el que lo acepta y lo pisa."

Frase de: Concepción Arenal Ponte (1820-1893), escritora y feminista.

martes, 21 de abril de 2015

VERSAILLES, 1784: El Escándalo del Collar de la Reina

EL ASUNTO DEL COLLAR DE LA REINA
 
 

La Estafa del Siglo

Nicolas de La Motte, escudero, servía, sin entusiasmo, como gendarme del Rey en la Compañía de los Borgoñones acuartelados en Bar-sur-Aube (Lorena) y, a favor de una declaración jurada, pudo atribuirse el título de conde. Un poco torpe, sus camaradas le apodaban "Momotte" sin que éste se molestase, pero era brillante en sociedad. Es en los círculos mundanos que se cruzó con la señorita Jeanne de Valois de Saint-Rémy, con la cual acabaría casándose. Ésta venía de más abajo pero remontaba, genealógicamente hablando, de más arriba. Sacada, gracias a la marquesa de Bougainvilliers, gran dama estimada por los Rohan, de la más negra miseria, tenía en su poder dos bazas: una audacia prodigiosa y orígenes fuera de lo común. Descendía directamente y por los varones, del rey Enrique II de Francia y de Nicole de Savigny. El autor de su linaje, Enrique I de Saint-Rémy apodado "Henri-Monsieur" (Enrique-Señor), fue legitimado y reconocido por su padre. Durante mucho tiempo, la familia había contraído honorables matrimonios hasta que Jacques II de Saint-Rémy hizo un estúpido enlace, vendió sus tierras, se hizo echar a la calle por su esposa y falleció en un hospital de la beneficencia mientras su mujer trabajaba para un "macarra" sardo y enviaba a su hija mendigar por las calles.

 
Grabado representando a Jeanne de Valois de Saint-Rémi, Condesa de La Motte (1756-1791), el "cerebro" de una estafa inaudita.

Paradójicamente, un tío, Jacques I de Saint-Rémy, había servido honorablemente en la Marina Real, acabando como teniente de navío y al mando de la fragata "La Surveillante", y condecorado con la cruz de la Orden de San-Luis. Reconocido por el Sr. de La Garde d'Hozier, genealogista de la Corte, era saludado con el título y nombre de Barón de Valois, y acababa de fallecer en la Isla de Francia el 9 de mayo de 1785.

Tres meses antes del escándalo, la Condesa de La Motte vivía de pequeños socorros y, simulando un desmayo en presencia de Madame Elisabeth, hermana menor del rey Luis XVI, se había hecho conceder una pensión por la joven princesa.

 
Retrato del Cardenal-Príncipe Louis René Edouard de Rohan-Guéméné (1734-1803), la "víctima" de la monumental estafa de la Condesa de La Motte.


Presentada al cardenal-príncipe de Rohan, había conseguido hacerle creer que estaba en el favor de la reina Maria-Antonieta. Si éste se muestra habitualmente muy perspicaz, atestigua de una increíble ingenuidad cuando se le mantiene en una loca esperanza. Es gracias a esa debilidad que la condesa tiene en sus garras al cardenal; se hace pasar por emisaria de la reina, falsifica cartas a nombre de ésta, escritas por su amante Marc-Antoine Rétaux de Villette, antiguo gendarme, y pide pequeños préstamos que el feliz depositario de los embarazos financieros de la reina de Francia se compromete en dar a pesar de una posición pecuniaria harto comprometida por sus onerosas obras en el Palacio de Saverne, su contribución a la extinción del descalabro financiero de su hermano el Príncipe de Rohan-Guéméné y a sus numerosas liberalidades. Pero, cuando el cardenal solicita una audiencia con la reina, la condesa debe organizar toda una comedia para que no se descubran sus mentiras: contrata a una prostituta que hace la carrera en los Jardines del Palais-Royal, Marie-Nicole Leguay, conocida por su nombre de guerra de "Señorita de Signy", y que bautiza con el título de Baronesa de Oliva, anagrama del apellido Valois. La joven prostituta ignorará hasta el juicio el papel que interpretó como "Maria-Antonieta" a cuenta de una pseudo-condesa, cerebro de una estafa tan magistral como baja. Hasta el final creerá haberse doblegado ante la voluntad de la reina porque la condesa le había asegurado que ésta estaría detrás de ella durante la entrevista secreta con Monseñor de Rohan, en un bosquejo del parque de Versailles, la noche del 11 de agosto de 1784.



Lo que sucede entonces se maneja con una inusitada simplicidad. El cardenal recibe una carta de la reina Maria-Antonieta pidiéndole que sirva de intermediario en la compra de un collar de los joyeros Böhmer y Bassenge, con un precio estimado a 1.600.000 libras a pagar en un plazo de dos años con un pago inicial de 400.000 libras.

A la fecha prevista, el 1 de febrero de 1785, los señores Böhmer y Bassenge traen el famoso collar de la Reina al parisiense palacio de Rohan-Strasbourg, y la Eminencia les muestra entonces el contrato con la firma "Maria-Antonieta de Francia" (totalmente falsa por cierto). El cardenal de Rohan irá personalmente a entregar a la Condesa de La Motte-Valois el collar y, ésta, a su vez, lo remitirá ante él a un tal Desclaux, que no es más ni menos que su amante Rétaux de Villette haciéndose pasar por un agregado a la cámara y a la música de la Reina.

El 12 de febrero, un joyero parisino llamado Adam, se presenta ante el inspector de policía del barrio de Montmartre, el Señor de Brugnières, con la intención de señalarle que un tal Sr. Rétaux de Villette le ha propuesto comprar diamantes a precios demasiado bajos para que no se sospeche de dónde proceden éstos. Pesquisas e interrogatorios se suceden. La policía vigila a la condesa de La Motte-Valois pero, como no se hace eco de ninguna denuncia por robo, el asunto se queda estancado. El susto le proporciona a la condesa una buena lección y ésta manda a su marido en Inglaterra para deshacerse de la mayoría de las piedras. En cuanto al resto, es el amante quien, una vez en Holanda, tendrá que venderlo. Con el beneficio de esas ventas, los condes de La Motte-Valois van a Bar-sur-Aube, para vivir como sátrapas.

Lo que acontece entonces es conocido de todos: el cardenal de Rohan se presenta en la Plaza de Vendôme y se limita a pagar los intereses de la deuda adquirida con los joyeros, cantidad que asciende a 35.000 libras, a la vez que enseña una supuesta carta de la Reina comprometiéndose a efectuar el pago de 700.000 libras; los joyeros disimulan mal su contrariedad ya que ellos mismos deben una fortuna al Sr. Boudard de Saint-James, tesorero de la Marina Real de Francia. Al día siguiente, Bassenge, convocado por la Condesa de La Motte-Valois, oirá de sus labios:

-"Os han engañado, el escrito de la garantía que posee el cardenal lleva una firma falsa, pero el príncipe es lo bastante rico, él os pagará!"

He aquí un golpe magistral de los estafadores que, por medio de esa denuncia, pretenden forzar al cardenal de Rohan a querer acallar el escándalo que podría estallar al dejarse engañar por una aventurera, y apremiarse en pagar a los joyeros para mantener el silencio sobre toda la estafa de la cual acababa de ser víctima y que le habría desacreditado.

Sin embargo, el asunto no toma la dirección esperada por los La Motte-Valois y el cardenal persiste, ante Böhmer y Bassenge, en su afirmación que tiene en su poder cartas de la Reina en las que ella le encargó de hacer de intermediario secreto para la compra del famoso collar. Puesto que el dinero no llega, los joyeros llevan su denuncia ante la Justicia y "el Asunto del Cardenal de Rohan" se convierte rápidamente en "el Asunto del Collar de la Reina"...

Tras presentar la pertinente denuncia ante la Justicia, y a la excepción del Conde de La Motte, todos los cómplices son inmediatamente apresados, el Cardenal de Rohan incluído, que también es encerrado en una celda aunque con mucha más comodidad que los demás.

La instrucción del caso será larga y delicada. El lunes 29 de mayo de 1786, los cautivos son llevados a La Conciergerie y comparecen el 30 ante la Cámara Alta. El procurador general del Rey, Omer Joly de Fleury, hermano del efímero controlador general de Finanzas, reclama para el conde de La Motte una ejemplar condena, para Rétaux de Villette las galeras (eso es, cadena perpétua), para la condesa de La Motte-Valois, el látigo, la marca con hierro candente sobre los hombros y el encierro de por vida en la cárcel de La Salpêtrière (cárcel de mujeres). En cuanto hacia Su Eminencia el Cardenal-Príncipe de Rohan-Guéméné, apenas se muestra más tierno: tendrá que arrepentirse y pedir el perdón real, siendo de igual modo condenado a dimitir de todos sus cargos, a dar limosna a los pobres y a mantenerse de por vida alejado de las residencias reales y, finalmente, a guardar prisión hasta la ejecución de la sentencia. Ahí, en ese punto, el abogado general Antoine Séguier, tumultuoso galicano, no habiendo sido previamente informado de las conclusiones del procurador general, osa replicarle con virulencia y se ve respondido con una hiriente réplica en plena cara:

-"Vuestra cólera, señor, no me sorprende en absoluto. Un hombre dedicando su vida al libertinaje como usted, debía necesariamente defender la causa del cardenal!"

Los acusados desfilan uno detrás de otro. La falta de vergüenza de la condesa de La Motte-Valois irá hasta provocar la indignación entre los magistrados más críticos contra la Reina, por sus infames declaraciones implicando a la soberana y al príncipe.

La aparición del cardenal que es, recordemoslo, Gran Limosnero de Francia, en gran vestido violeta, color de duelo de los príncipes de la Iglesia Romana, levanta una ola de respeto hasta entre los presidentes, que se incorporan para responder a sus saludos. Su Eminencia ha comprendido cual es la extensión del escándalo y medido sus consecuencias políticas tras haber largamente meditado sobre su inconsecuencia.

Marie-Nicole Leguay, alias "la Baronesa de Oliva" o "Mademoiselle de Signy", que acaba de dar a luz a un niño en su celda de La Bastilla, debe dar el pecho al recién nacido en presencia de la corte de Justicia. El padre es un honorable gentilhombre que responde al nombre de Sr. de Beausire, y que cumplirá con ella desposándola y reconociendo al niño poco después. Interrogada, contesta con lloros, se disculpa, realiza cual es el asunto en el que se halla implicada, aunque no habiendo sido más que un peón. Un sentimiento de ternura se apodera de los magistrados.

Llega finalmente, vestido con un traje de tafetán verde realzado de oro, los cabellos trenzados desde el occipital hasta los hombros, el famosísimo Conde de Cagliostro, más charlatán que conde, protegido del cardenal y oscuro aventurero. Provoca una serie de carcajadas entre los jueces mezclando su jerga de griego, latín e italiano, acompañando con gestos su viva manera, por lo menos inesperada, de defenderse de las acusaciones que pesan sobre él.

El miércoles 31 de mayo de 1786, la corte judicial emite su veredicto: Jeanne de Valois de Saint-Rémy, Condesa de La Motte-Valois, escapa por los pelos de la pena capital, aunque es condenada a ser marcada al rojo vivo con la letra "V" de ladrona (en francés, ladrona es => Voleuse) en ambos hombros, tras haber sido públicamente sometida al centenar de latigazos, y a la expiación ad vitam de su crimen en la cárcel de La Salpêtrière.

El marido, el Conde Nicolas de La Motte, tranquilamente escondido en Inglaterra, debía ser conducido a galeras.

Marc-Antoine Rétaux de Villette es simplemente expulsado de por vida del reino de Francia.

Marie-Nicole Leguay, pronto Señora de Beausire, reina de una noche, será exculpada, así como el Conde Giuseppe de Cagliostro, que será liberado pero, por orden del rey, será finalmente expulsado de Francia como persona non grata.

Para Su Eminencia, Monseñor el Cardenal-Príncipe Louis René Edouard de Rohan, obispo titular de Estrasburgo y de Canope, Gran Limosnero de Francia, Abad de Waast, de Marmoutiers y de La Chaise-Dieu, que pertenece a una de las primerísimas familias del Reino, es igualmente exculpado de toda acusación a pesar de su credulidad y de la temeraria opinión que se había hecho de la Reina, sin ser duramente reprendido, por 26 votos contra 22.

París estalla de júbilo ante la noticia, mientras que en Versailles el rey Luis XVI recibe la noticia indignado y encolerizado. A pesar de ser exculpado, el cardenal se verá, a la salida de La Bastilla, obligado a dar su dimisión de Gran Limosnero, de devolver la cinta azul de la Orden del Espíritu Santo y de retirarse, a partir del 8 de junio, en su abadía de La Chaise-Dieu pero por poco tiempo. De allí conseguirá los sucesivos permisos para trasladarse a Marmoutiers, a Estrasburgo y a Saverne, pero arrastrando su compromiso de indemnizar a los joyeros estafados Böhmer y Bassenge.

Sola, Jeanne de Valois de Saint-Rémy pagará caro su crimen: el 21 de junio de 1786, aún ignora que se le ha condenado, pero despotrica contra la exculpación del cardenal; sacada de La Conciergerie y llevada hasta las escaleras del Palacio de Justicia, la condenada rehusa arrodillarse para oír su sentencia, debatiéndose, injuriando y mordiendo a los ejecutores, haciendo llamamientos a los escasos espectadores. Convulsa de rabia y de terror, araña y propina puñetazos a diestro y siniestro,... con la cuerda en el cuello, es marcada con la primera "V" en un hombro, pero se encabrita con tal violencia bajo el efecto del dolor, que la segunda "V" le es aplicado en un seno. Las quemaduras producen su desmayo. Llevada a la cárcel de La Salpêtrière, la malhechora intenta en vano escaparse por la ventanilla de la puerta del carruaje.

Seis meses más tarde, la más famosa ladrona y estafadora de Europa, consigue evadirse de la cárcel, a pesar de la extrema vigilancia. Ayudada por una mano misteriosa, véanse varias, había salido de la cárcel vestida de hombre y en compañía de otra detenida, llegando por etapas hasta la ciudad de Ostende. Se reuniría finalmente en Londres con su marido, para retomar con más ahinco si cabe su carrera de ladrona.

Nuestra protagonista acabaría su vida del mismo modo que la empezó, en la más absoluta miseria, encarcelada, sin dinero, en una pestilente celda inglesa donde se pudriría hasta morir a la edad de 35 años (1791).